"La Machi descubre la parte dolorida,
la frota con una porción de esas yerbas,
le echa humo de tabaco que saca de una cachimba (k'tra) y;
por último, aplica allí la boca.
Chupa a continuación en el punto fumigado y simula
vómitos en un plato: se lleva la mano a la boca
y muestra al espectador un gusano u otro cuerpo animal"
Manuel Manquilef [1]
– Usted puede pensar lo que quiera sobre la historia que le voy a contar. Yo soy un hombre de ciencias, por eso no le pido que me crea, porque esto no se trata de creencias, son hechos.
No llevaba ni cinco minutos arriba del vehículo cuando el conductor, don Alberto, me abordó con esa introducción. Quizá fue por mi polera que tiene impresa una imagen de dioses hindúes, de otro modo no me explico su interés por hablarme de lo que a continuación procederé a narrar. Con decir que supe su nombre cuando ya estaba por bajarme del auto. Lo que parecía un aventón, a los que siempre recurro cuando salgo a esperar locomoción, se transformó en una conversación para nada de mística pero sí profunda. De algún modo nos referimos a cosas de las cuales no somos parte, eso es todo. De asuntos que pertenecen a otro mundo, o para que no suene a película de ciencia ficción, a otra forma de mirar el mundo y nuestra existencia. Tengo que hacer todo este preámbulo para sincerar que me bajé del auto de don Alberto hace quince minutos y que, en vez de atender los asuntos por los que vine hasta aquí, preferí entrar a un café. Pedí un expreso doble y agua. Aún no me traen el café, ya me tomé un vaso con agua.
No le pregunté a don Alberto por qué era un hombre de ciencias. Sonó tan convincente con eso de las creencias y los hechos que preferí callar. Pero si me detengo a recordar ese momento, después de subirme y agradecer el gesto, sólo alcancé a pensar en mi suerte. Me quedé dormido y perdí el transporte de las 9.00 am. Tengo que llegar a mi asunto a las diez y media, falta para eso. Tuve suerte. En eso pensaba cuando don Alberto me interpeló con su juego de palabras, porque de otra manera no lograba la misión: el próximo bus pasa a mediodía por fuera de mi hogar. En un rato llegaré a mi destino y todavía no puedo mencionar nada de lo que escuché. Por fin traen el café, me preguntan si quiero otra cosa. Pido más agua. En lo que la mesera vuelve con el vaso me tomo el café. Bebo agua. Me quedan quince minutos, seré breve.
Una última observación: don Alberto no me dijo cuándo sucedieron los hechos, pero tengo la sensación de que eran recientes, tanto como para decir que su interpelación, en realidad, fue un desahogo. Incluso me atrevo a señalar que pese a ser un hombre de ciencias, todavía no se convencía de lo visto y necesitaba contarlo, como yo lo hago ahora.
Sí, se detuvo para traerme porque quería que lo escuchara.
*
Alberto Merino Salazar vive en Valdivia hace cuarenta años. Estudió ingeniería forestal, no tuvo problemas para conseguir trabajo y se quedó en esa ciudad. Nació en Antofagasta pero sus padres se conocieron en Santiago, precisamente, bailando en una ramada cerca de la maestranza de San Bernardo, en la zona sur de la capital. La mamá bajó de San José de Maipo; su papá, don Eusebio, migró desde Pitrufquén para trabajar en la mantención de trenes.
Marta Salazar Verdugo falleció a los 18 años por complicaciones en el parto de su primogénito. Padre e hijo se mantuvieron en el desierto, frente al mar, hasta la muerte de don Eusebio. Fue un accidente laboral; Alberto tenía la edad de su madre cuando sucedió. Fue un cambio radical en el que la pena es protagonista -algo evidente-, pero no el motor de esta historia.
Pasa que Alberto apenas recibió el dinero del seguro laboral otorgado por el sindicato, tuvo una epifanía: imágenes no tan lejanas, recuerdos de un viaje al sur acompañando a su padre. Viajaron en tren desde Santiago hasta Temuco, de ahí a la estación ramal en Pitrufquén. Los cambios en la fisonomía del paisaje cautivaron a Alberto que, en ese entonces, no supera los 13 años. Los campos sembrados, ríos cada vez más caudalosos, nada que ver con el mar y su sal. Ni pensar en el desierto. En ese viaje conoció los bosques del sur, el olor a madera, la humedad. Y esa fue la revelación que tuvo, verdes frondosos por todas partes. Así llegó a Valdivia.
*
Hace unos meses me reencontré con un viejo amigo de cuando estudiaba en la universidad. Nos perdimos el rastro por los 90’, el peñi Andrés que le decíamos de cariño, porque él nos trataba así: peñi para acá, peñi para allá, y a las chiquillas, lamien o ñaña. Ese tiempo no es como el de ahora. No era común que los mapuche se mostraran, por lo general, se hacían los lesos, evitaban el tema. Pero el peñi Andrés no. Fuimos bien amigos, yo estaba muy solo, con pena, y él me leyó, no sé cómo pero sintió mi pesar.
Yo estaba cruzando el puente desde isla Teja, era el horario de almuerzo, la congestión vehicular llegó para quedarse, pensé, mientras dirigía la vista a los lobos marinos en el río, con sus cuellos estirados de cara al sol. Entre los motores y bocinazos escuché un ¡peñi Alberto!, ¡peñi Alberto! Desde la otra calzada mi amigo, peñi Andrés, movía sus brazos saludándome. ¡Tantos años sin vernos! Me contó de su vida, le dije que intenté dar con su paradero pero fue como si se lo tragara la tierra. Abrió sus ojos y me dijo: más bien me envolvió en su regazo, peñi. Yo tenía que seguir mi camino, le pedí su número, y con los días coordinamos para visitarlo.
*
Peñi Andrés, después de terminar sus estudios universitarios, enfermó. Estuvo muy grave. Alberto nunca supo de su salud porque su amigo lo mantenía a rayas, era un tema delicado, íntimo. Desde niño afrontó experiencias fuera de este plano. Sus mayores le llaman pewma, un estado que se logra mientras se duerme, un espacio de comunicación sagrada con lo divino que permite orientar la vida. En su caso, desconociendo lo que realmente sucedía, hubo instancias en que ayudando a sus mayores en las labores del campo, se encontró con animales extraordinarios, como los de sus pewma. Cuando se lo contó a la abuela, ella le dijo que no eran alucinaciones sino perimutum, también le recalcó no tener miedo y aceptar el destino que los kuifikeche le habían otorgado.
*
Pedí la cuenta, tengo que resolver mi asunto y no me gusta la impuntualidad. Le he dado vueltas a la historia de don Alberto y me parece imposible narrar las cosas de manera ordenada, lo lamento, sólo tengo imágenes. Me dijo que tenía un amigo que es Machi, un día fue a visitarlo y se encontró con la sorpresa de que justo esa tarde había una ceremonia de sanación, un ulutün. Cuando llegó, su amigo le dijo:
– Lo estaba esperando peñi Alberto –sonríe–. Tiene que ayudarme, ¿qué le parece?
Como a las ocho de la tarde llegó un vehículo del que descendieron cuatro personas, una de ellas se distinguía por estar cubierta de frazadas, sus manos sobre la base del estómago, avanzando con dificultad. Es una mujer joven, la acompañan sus padres y pareja. El Machi los guía hacia su ruca donde les espera Alberto junto a familiares de su amigo. La joven es ubicada sobre unos cueros de cordero y una cama hecha de ramas y hojas, predomina el föye. Una fogata ilumina, el brillo de los rostros a contraluz es acompañado de un silencio a ratos interrumpido por las brasas. Se escucha la percusión del kultrün, la sonajera de las kaskahuillas.
El tiempo avanza y una suerte de monotonía se impregna en el ambiente, el interior de la ruca se vuelve denso, y el sonido de los instrumentos poco a poco va tomando ritmo. Afuera el viento, adentro el fuego, acompañan la rogativa. Junto al Machi proliferan las voces de sus familiares. Hay una sincronía en las acciones y eventos que circundan la escena. Alberto observa los movimientos de su amigo que, sentado junto a la joven, acerca su boca al cuerpo y descubre las manos, el lugar donde se halla el mal. Alberto no se percata cuando desenfundan los sables, el reflejo del fuego en el metal le recuerda a su padre, el chirrido cuando las hacen chocar suena filoso como el avance de un tren. Recuerda el bosque, la cordillera en el horizonte, tan incólume como el mar. Su amigo acerca la boca al abdomen de la joven, el kultrün percute, la joven está quieta, el ambiente está quieto, lo mismo decir que todo se mueve en sincronía. El Machi pone sus manos como delimitando la zona donde intervendrá, sus labios están sobre la piel y comienza la succión del malestar.
Arañas salían de su boca, me dice don Alberto. Arañas asquerosas que mi amigo regurgitaba y lanzaba sobre un contenedor. Nadie me lo contó, lo vi con mis propios ojos. Arañas fétidas, podridas. Pronto vino el amanecer. Don Alberto despertó con la sensación de un sueño lúcido en el que su mamá le hace cariño en el pelo y le canta, o sólo respira. Cada exhalación es un susurro, una palabra, una imagen, la sonrisa de su papá, la voz de su madre:
¡Mira Eusebio, nuestro pequeño ya es más grande que nosotros!
*
El relato del peñi Alberto se inspira en los aprendizajes que dejó nuestro proceso de investigación exploratoria sobre las prácticas de sanación de Machi, en particular, la ceremonia de Ulutün; así mismo, se abordó la historia del Kultrunkawe, lugar donde antiguamente Machi dejaban sus kultrün para renovarlos.
No es posible afirmar que en el Külche Mapu se realizaba ceremonia de Ulutün, tampoco la ubicación del Kultrunkawe, sin embargo, este proyecto permitió adentrarnos en el sentido de la existencia mapunche a través de la relación de los espacios sagrados y el rol de Machi.
[1] En: La ciencia secreta de los mapuche (2013) p.7